Nuestro presente es una fractura de todo. Somos témpanos de hielo sin rumbo y, al mismo tiempo, perdemos nuestra calidad de cuerpos. Nos diluimos, y al mismo tiempo estamos, creemos estar, en nosotros mismos a través de los demás. Somos tipos homogéneos, de miles de caracteres idénticos, finitos. No hay nada nuevo que pueda asombrarnos. Se habla de arte como si se hablará de algo cotidiano, como se habla de toda cualidad.
Nuestro apellido es lo cotidiano. Y lo cotidiano es la monotonía, encubierta bajo un discurso simplón, antisolemne. Lo solemne para la juventud son las restricciones, lo tradicional, todo lo que sea una responsabilidad. Lo más curioso es que el sentido monótono de la vida, restrictivo, lo llevan a todos los ámbitos en que se desenvuelven. Creen escapar de su tiempo encerrándose en un cuarto virtual de movimiento; simulan moverse. La pregunta es:¿Quién creó esa realidad virtual? Esa hiperrealidad que resuelve las contingencias “contradictorias” que confunden a la juventud.
A diferencia de otros momentos históricos, la juventud, que había tenido siempre una carga de rebeldía, no habla de ideales. Está prohibido hablar del futuro, mientras el pasado nos gobierna, más bien nos absorbe. ¿Por qué? Porque somos una época decadente. El siglo XX, sobre todo la primera mitad, fue un momento prematuro de cambios tan radicales en la línea histórica de la humanidad que nosotros “estamos pagando los platos rotos”. No tenemos conciencia, de ningún tipo. Frente a nosotros se abre el universo, y su inmensidad es tan cercana y nos sentimos minúsculos que no podemos actuar, nos quedamos inmóviles. Lo que la humanidad había anhelado desde que es humanidad para nosotros es una fobia: hoy en día el hombre está al nivel de dios.
Pero la juventud, como en todo, le da la espalda a su tiempo, prefiere drogarse con pequeñas dosis de felicidad controlada y miserable. Prefiere no arriesgar porque eso sería solemnizarse, responsabilizarse. Por otra parte, algunos pueden decir que la rebeldía existe pero en grado menor, o más bien, se lleva a otros ámbitos “biodegradables”. Se aboga por la “no confrontación” con su realidad, porque esa realidad es la que les distribuye sus drogas. Por ejemplo, aquel que es poeta dice ser rebelde a través de sus poemas, pero hasta ahí se queda su rebeldía. Y ni siquiera es una rebeldía meditada, sino una rebeldía dictada por el ambiente, dentro de la cápsula de simulación artificial. Su rebeldía, la del poeta joven de nuestro tiempo, es una rebeldía neutra, que, para no salirse de lo cotidiano, de lo que tiene más al alcance, es la rebeldía de todos los jóvenes de su momento. La fobia a la responsabilidad, lo lleva a no rebelarse, a simular la rebeldía.
El problema es que los jóvenes creen que en verdad se rebelan siendo, con palabras de su jerga cotidiana, “lo menos solemnes posibles”. Viven esa rebeldía como si jugaran un video juego: oprimiendo botones y moviendo palancas. Es verdad que somos contemporáneos de la humanidad pero seguimos enajenados, y más que nunca, somos sumisos y mediocres, por gusto. Pero al hablar de mediocridad no me refiero a una falta de creatividad sino a una falta de dinamismo. La juventud cree que está en constante movimiento y que por ello es inútil toda inconformidad. No nos hemos dado cuenta que caminamos en una caminadora mecánica sujeta al suelo de un cuarto con ambiente condicionado. La mediocridad de la juventud es su falta de responsabilidad. Una responsabilidad de lanzarse desde el borde para enfrentar su destino, que es el destino histórico, anhelado por los jóvenes de todos los tiempos.
Frente a este discurso muchos jóvenes, sino es que la mayoría, pensarán que exagero, e incluso dirán que soy solemne, y por lo tanto no tiene caso escucharme, lo que confirmará mis palabras: los jóvenes de ahora prefieren escuchar un discurso simplón que no los comprometa con nada, que los mantenga drogados y acaso les permita sonreír estúpidamente. Muchos de los jóvenes sólo quieren que se les deje donde están para que, a manera de panfleto, un bonito arco iris, como por arte de magia, se eleve sobre la espesura gris que los puebla. Tienen miedo a las palabras fuertes y al verdadero movimiento. La juventud actual es una sarta de maricones que crecerán siendo maricones para, cuando llegue el momento de la vejez, sean una sarta de maricones premiados por el sistema de la hiperrealidad.
Un amigo mío alguna vez me dijo que la existencia es para “vivirla”, sin embargo, sólo me intentaba vender el discursillo que las marcas comerciales le habían vendido a él. Vivir es experimentar, es disconformidad, y el hombre no es unidimensional ni constante. La existencia del hombre no recorre un solo camino, es decir, el poeta no es sólo poesía como tampoco podemos hablar que el poema es sólo el poeta, más bien, no debemos confundir el poeta con el poema o viceversa. Hablemos del poema en el sentido original del arte, es decir, de creación. E incluso, no debiésemos hablar de arte, porque actualmente es moneda común de cualquier charlatán simplón, debemos hablar de artesanía, en el sentido estricto de su cualidad.
Cada pueblo tiene el gobierno que se merece, es lo mismo a decir que “cada época tiene la juventud que se merece”, porque es la juventud la que origina los cambios de un momento a otro y sobre todo por un problema biológico: la muerte. La diferencia de nuestro tiempo es que la juventud es una ancianidad acumulada para la cual se le acondicionó su lecho mortuorio, y se le ha inyectado una dosis constante de pasividad para que no sufra lo que los jóvenes sufrieron en el pasado. Somos ancianos no porque comprendemos más sino por nuestra carencia de inestabilidad, de violencia, incluso de apatía. Estamos al servicio de la hiperrealidad, que es en términos llanos, una realidad de consumo. A nuestra generación todo nos llega horneado y listo para usarse, todo es tan sencillo que no nos cuesta trabajo decir que somos rebeldes y, sin embargo, sabemos en el fondo que somos unos mentirosos y cobardes, que no tenemos más anhelo que quince minutos de fama, y un constante cambio de actitud para refrescar nuestra imagen frente a los medios. Queremos embonar en el sistema, queremos ser un eslabón más. Queremos ayudar a que los demás nos consuman con la misma facilidad con que los consumimos a ellos. Finalmente nos damos cuenta que somos abono y, a pesar de ello, estaremos felices mientras seamos parte de toda la estructura que nos permitirá tener nuestros quince minutos de fama.
L a cuestión que se nos presenta ¿De qué sirven esos quince minutos de fama? Los jóvenes ya no anhelan nada, por lo tanto ya no se comprometen con nadie. Muchos de los poetas de ahora se quejan de que no hay lectores, pero no se dan cuenta que ellos mismos han contribuido a ello. La poesía ya no es poesía, y los lectores no ven en los libros de poesía más que lo mismo que ven en la monotonía de su existencia. La poesía ya no causa esa extrañeza, esa rebeldía irracional que cautivaba. La poesía se ha convertido en un síndrome de chistes y anécdotas repetitivas y busca competir contra los medios masivos, como la televisión, por esa masa en busca de entretenimiento barato.
Los individuos que se dicen poetas y que buscan lectores, no son poetas de verdad, son poetrastos de capirote, cadenitas de oro que luzcan en los cuellos de mucha gente. Y lo más triste es que simulan estar en constante movimiento cuando permanecen estáticos, disfrazándose con las vestimentas de otros transvestis iguales a ellos:
La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. (Ortega y Gasset, 1937)
Todo el mundo, hoy en día, es una simulación; todo el mundo significa un holograma sonriente y todo el mundo es felicidad controlada. Y lo que espera todo el mundo es un futuro feliz que se resuelva mágicamente. La rebeldía que se espera es una rebeldía plástica similar a la rebeldía de los videojuegos. Queremos cambiar el mundo sin ensuciarnos las manos, y lo más triste de todo es que seguimos repitiendo el panfleto de los comerciales televisivos: “soy totalmente palacio”, “soy y me reconozco dentro y parte del sistema y no me da miedo sostenerlo, mientras sea feliz”. Si no hay juventud entonces la humanidad está al borde de su destrucción. Y todo lo que venga para los hombres será un momento continuado de no tener reglas, antisolemne, en que la realidad será un chiste dicho desde falsedad muerta de miedo.
j.j.m.1
Nuestro apellido es lo cotidiano. Y lo cotidiano es la monotonía, encubierta bajo un discurso simplón, antisolemne. Lo solemne para la juventud son las restricciones, lo tradicional, todo lo que sea una responsabilidad. Lo más curioso es que el sentido monótono de la vida, restrictivo, lo llevan a todos los ámbitos en que se desenvuelven. Creen escapar de su tiempo encerrándose en un cuarto virtual de movimiento; simulan moverse. La pregunta es:¿Quién creó esa realidad virtual? Esa hiperrealidad que resuelve las contingencias “contradictorias” que confunden a la juventud.
A diferencia de otros momentos históricos, la juventud, que había tenido siempre una carga de rebeldía, no habla de ideales. Está prohibido hablar del futuro, mientras el pasado nos gobierna, más bien nos absorbe. ¿Por qué? Porque somos una época decadente. El siglo XX, sobre todo la primera mitad, fue un momento prematuro de cambios tan radicales en la línea histórica de la humanidad que nosotros “estamos pagando los platos rotos”. No tenemos conciencia, de ningún tipo. Frente a nosotros se abre el universo, y su inmensidad es tan cercana y nos sentimos minúsculos que no podemos actuar, nos quedamos inmóviles. Lo que la humanidad había anhelado desde que es humanidad para nosotros es una fobia: hoy en día el hombre está al nivel de dios.
Pero la juventud, como en todo, le da la espalda a su tiempo, prefiere drogarse con pequeñas dosis de felicidad controlada y miserable. Prefiere no arriesgar porque eso sería solemnizarse, responsabilizarse. Por otra parte, algunos pueden decir que la rebeldía existe pero en grado menor, o más bien, se lleva a otros ámbitos “biodegradables”. Se aboga por la “no confrontación” con su realidad, porque esa realidad es la que les distribuye sus drogas. Por ejemplo, aquel que es poeta dice ser rebelde a través de sus poemas, pero hasta ahí se queda su rebeldía. Y ni siquiera es una rebeldía meditada, sino una rebeldía dictada por el ambiente, dentro de la cápsula de simulación artificial. Su rebeldía, la del poeta joven de nuestro tiempo, es una rebeldía neutra, que, para no salirse de lo cotidiano, de lo que tiene más al alcance, es la rebeldía de todos los jóvenes de su momento. La fobia a la responsabilidad, lo lleva a no rebelarse, a simular la rebeldía.
El problema es que los jóvenes creen que en verdad se rebelan siendo, con palabras de su jerga cotidiana, “lo menos solemnes posibles”. Viven esa rebeldía como si jugaran un video juego: oprimiendo botones y moviendo palancas. Es verdad que somos contemporáneos de la humanidad pero seguimos enajenados, y más que nunca, somos sumisos y mediocres, por gusto. Pero al hablar de mediocridad no me refiero a una falta de creatividad sino a una falta de dinamismo. La juventud cree que está en constante movimiento y que por ello es inútil toda inconformidad. No nos hemos dado cuenta que caminamos en una caminadora mecánica sujeta al suelo de un cuarto con ambiente condicionado. La mediocridad de la juventud es su falta de responsabilidad. Una responsabilidad de lanzarse desde el borde para enfrentar su destino, que es el destino histórico, anhelado por los jóvenes de todos los tiempos.
Frente a este discurso muchos jóvenes, sino es que la mayoría, pensarán que exagero, e incluso dirán que soy solemne, y por lo tanto no tiene caso escucharme, lo que confirmará mis palabras: los jóvenes de ahora prefieren escuchar un discurso simplón que no los comprometa con nada, que los mantenga drogados y acaso les permita sonreír estúpidamente. Muchos de los jóvenes sólo quieren que se les deje donde están para que, a manera de panfleto, un bonito arco iris, como por arte de magia, se eleve sobre la espesura gris que los puebla. Tienen miedo a las palabras fuertes y al verdadero movimiento. La juventud actual es una sarta de maricones que crecerán siendo maricones para, cuando llegue el momento de la vejez, sean una sarta de maricones premiados por el sistema de la hiperrealidad.
Un amigo mío alguna vez me dijo que la existencia es para “vivirla”, sin embargo, sólo me intentaba vender el discursillo que las marcas comerciales le habían vendido a él. Vivir es experimentar, es disconformidad, y el hombre no es unidimensional ni constante. La existencia del hombre no recorre un solo camino, es decir, el poeta no es sólo poesía como tampoco podemos hablar que el poema es sólo el poeta, más bien, no debemos confundir el poeta con el poema o viceversa. Hablemos del poema en el sentido original del arte, es decir, de creación. E incluso, no debiésemos hablar de arte, porque actualmente es moneda común de cualquier charlatán simplón, debemos hablar de artesanía, en el sentido estricto de su cualidad.
Cada pueblo tiene el gobierno que se merece, es lo mismo a decir que “cada época tiene la juventud que se merece”, porque es la juventud la que origina los cambios de un momento a otro y sobre todo por un problema biológico: la muerte. La diferencia de nuestro tiempo es que la juventud es una ancianidad acumulada para la cual se le acondicionó su lecho mortuorio, y se le ha inyectado una dosis constante de pasividad para que no sufra lo que los jóvenes sufrieron en el pasado. Somos ancianos no porque comprendemos más sino por nuestra carencia de inestabilidad, de violencia, incluso de apatía. Estamos al servicio de la hiperrealidad, que es en términos llanos, una realidad de consumo. A nuestra generación todo nos llega horneado y listo para usarse, todo es tan sencillo que no nos cuesta trabajo decir que somos rebeldes y, sin embargo, sabemos en el fondo que somos unos mentirosos y cobardes, que no tenemos más anhelo que quince minutos de fama, y un constante cambio de actitud para refrescar nuestra imagen frente a los medios. Queremos embonar en el sistema, queremos ser un eslabón más. Queremos ayudar a que los demás nos consuman con la misma facilidad con que los consumimos a ellos. Finalmente nos damos cuenta que somos abono y, a pesar de ello, estaremos felices mientras seamos parte de toda la estructura que nos permitirá tener nuestros quince minutos de fama.
L a cuestión que se nos presenta ¿De qué sirven esos quince minutos de fama? Los jóvenes ya no anhelan nada, por lo tanto ya no se comprometen con nadie. Muchos de los poetas de ahora se quejan de que no hay lectores, pero no se dan cuenta que ellos mismos han contribuido a ello. La poesía ya no es poesía, y los lectores no ven en los libros de poesía más que lo mismo que ven en la monotonía de su existencia. La poesía ya no causa esa extrañeza, esa rebeldía irracional que cautivaba. La poesía se ha convertido en un síndrome de chistes y anécdotas repetitivas y busca competir contra los medios masivos, como la televisión, por esa masa en busca de entretenimiento barato.
Los individuos que se dicen poetas y que buscan lectores, no son poetas de verdad, son poetrastos de capirote, cadenitas de oro que luzcan en los cuellos de mucha gente. Y lo más triste es que simulan estar en constante movimiento cuando permanecen estáticos, disfrazándose con las vestimentas de otros transvestis iguales a ellos:
La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. (Ortega y Gasset, 1937)
Todo el mundo, hoy en día, es una simulación; todo el mundo significa un holograma sonriente y todo el mundo es felicidad controlada. Y lo que espera todo el mundo es un futuro feliz que se resuelva mágicamente. La rebeldía que se espera es una rebeldía plástica similar a la rebeldía de los videojuegos. Queremos cambiar el mundo sin ensuciarnos las manos, y lo más triste de todo es que seguimos repitiendo el panfleto de los comerciales televisivos: “soy totalmente palacio”, “soy y me reconozco dentro y parte del sistema y no me da miedo sostenerlo, mientras sea feliz”. Si no hay juventud entonces la humanidad está al borde de su destrucción. Y todo lo que venga para los hombres será un momento continuado de no tener reglas, antisolemne, en que la realidad será un chiste dicho desde falsedad muerta de miedo.
j.j.m.1
2 comentarios:
Somos una incógnita.
Una generación muda, cómoda,escéptica,culta,
egoísta,racional.
concuerdo con varias cosas,
cualquier esfuerzo independiente, e inconforme que piense en hacer algo mejor y un legado, pensar en el futuro que queremos es la clave.
pensar a futuro es direcciòn, cosa que el miedo no tiene, el miedo es quietud, simula movimiento.
lanzarse a los caminos la cosa.
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